martes, 6 de agosto de 2013

RELATOS CON SABOR / PIZZERÍA PALERMO, TAN CREATIVA COMO LA ZULIANIDAD


PIZZERÍA PALERMO, TAN CREATIVA COMO LA ZULIANIDAD

Texto: Erika Paz
            @erikapazr
Fotos: Raymar Velásquez
            @raymarven

A Alexander Navarro siempre le gustó cocinar. Desde que vivía en su natal Cabimas. Hace veinticinco años llegó a Maracaibo,  la capital del Estado Zulia y se compró una casa vieja en la zona de Santa Lucía. Dice que le atraía el barrio tradicional, su gente y  la historia que encierra. El siguiente paso era iniciar un negocio para sustento del hogar, ¿pero de qué? Un amigo le dijo “monta una pizzería”… y por allí empezó la cosa.
Pizzería Palermo nació hace ocho años y comenzó en la sala de la casa de Alexander. Su esposa lo ayudada a servir las pizzas que hasta ese momento eran básicas, pero de repente el ingenio zuliano le indicó el camino que debía seguir, según explica él soltando una carcajada,  y fue cuando empezó a experimentar con los sabores. Añadió ingredientes como frijoles, caraotas, queso azul, mango, calamares, ovejo desmechado, hasta llegar Al número de 202 tipos del producto.

“El crecimiento de Palermo va con el crecimiento mismo de la casa” dice Navarro. Esta residencia le quedó pequeña al local y tuvo que ser ampliada para poder recibir la gran cantidad de clientes que se acercan cada noche. De la misma forma que el plato la vivienda fue armándose con creatividad, restos de otras estructuras que se estaban derrumbando en la zona fueron utilizados para culminar de construir los tres ambientes y la terraza que ofrece el sitio. Alexander es coleccionista de antigüedades y adorador de San Benito y la Reina María Lionza, por eso  la bienvenida al lugar la dan dos imágenes del santo y el mito. El resto es un recorrido de chécheres viejos, una pequeña fuente y mesas, sillas y bancos de madera colocados como si estuvieran al descuido en la laberíntica residencia. Sin embargo, nada queda mal parado. Ese aspecto de castillo derruido le sienta  a Palermo. Eso y  sus pizzas son los ingredientes de éxito de este local.



Cuando vaya pida el menú y no se asombre si le pasan un cuaderno con más de quince páginas, pues así de grande es. El visitante pudiera pasar más de diez minutos tratando de escoger lo que va a comer. Alexander se encuentra en la cocina junto a su personal y a veces hace recomendaciones.  Hay una pizza que lleva jojoto chino, palmito y chile. A otras les colocan la base con dos tipos de salsa: tomate y bechamel. Hay una en honor a  la etnia que puebla la Guajira zuliana y se compone de queso de cabra, ovejo y arroz. Una nueva lleva , queso azul y camarones.  En nuestra visita, decidió amalgamar en uno de esos discos de harina de trigo la esencia de nuestros recorridos. Así que combinó carne mechada, tan venezolana como el concepto, camarones para honrar el caribeño mar que nos rodea y su biodiversidad, quesos de diferentes tipos por las tierras del centro del país, ajo porro y otras ramas que contaran historias de los suelos andinos: la llamó Los Cuentos de mi Tierra, y la incluyó en su carta de rarezas culinarias.



El dueño del local cuenta que va probando y va dándose cuenta si el experimento sirve o no. Cuando ya está lista para salir al público las bautiza con un nombre particular.  Pareciera que el experimento con la comida le ha resultado, pues cada noche venden entre 500 y 600 pizzas.
Palermo ya es una referencia turística en la ciudad de Maracaibo, pero también un punto gastronómico para los amantes de este pan plano horneado que de por sí ya es tan popular.



LOS DATOS
-          Pizzería Palermo se encuentra en el Barrio Santa Lucía de Maracaibo. Estado Zulia. Cerca de la antigua Cervecería Polar
-          Entre sus pizzas más exóticas se encuentran:  La Maracucha (con friticas), la Gieggie (queso pecorino, de cabra, sidra y miel de abeja), Tazmania (jamón serrano y tomates secos)

-          Pueden seguirlos por twitter como @esquinadpalermo

LA MISIÓN NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN: DONDE EL VERDE SE DESBORDA


Yaracuy se ubica en el centro occidente del país, de geografía montañosa. Dicen los libros que es porque allí termina la Cordillera de los Andes. En su capital San Felipe predomina la vegetación en sus calles. Arboles a cada lado de la vía hacen más amable la vista de sus avenidas. En las afueras de la ciudad existe un sitio donde se puede decir en voz alta y con signos de exclamación ¡ESTO ES NATURALEZA! El Parque de la Exótica Flora Tropical es ese lugar que combina, paisajes naturales, deportes de aventura, comida gourmet, alojamiento de lujo y hasta relajación para el cuerpo.

Texto: Erika Paz
            @erikapazr
Fotos: Raymar Velásquez
           @raymarven

Una de las cosas más agradables de llegar al Parque de la exótica Flora Tropical es que  en cada visita se encuentran rostros amables y conocidos, Julio Parra es una de esas caras. Este joven yaracuyano ya tiene Trece años conociendo el lugar, recorriéndolo y sintiéndolo suyo. Dice que como él casi todo el personal es seleccionado por Esteban Von Fedak, dueño de la hacienda y  quien aún permanece al pie del cañón, y al frente de lo que fue su visión para estas tierras de las que se enamoró en 1976. Julio fue entrenado para conocer cada una de las plantas que conforman el parque que se precia de ser el más grande de su tipo en  Latinoamérica, y más allá de eso para comprender cada pieza que conforma un lugar que se ha venido levantando poco a poco con los años y que cada vez incorpora más actividades para el disfrute de los diferentes tipos de turistas que lo visitan. Y pese a que confiesa ya no visitarlo tan a menudo como antes pues sus obligaciones lo llevan a otra de las empresas del grupo, es una de las personas más idóneas para dar a conocer el funcionamiento del espacio; el asegura que este rincón tiene un encanto especial que hace que cada visita sea única y sorprendente ante todos los sentidos humanos.



Todo Comienza en la Exótica Flora Tropical
El jardín que conforma este hermoso paisajismo fue creado sobre lo que alguna vez fue una misión de monjes capuchinos entre los siglos XV y XVIII. Para esto se solicitaron los servicios de Jean Philippe Tose, paisajista y botánico de origen francés, quien realizó un trabajo de diez años que consistía en crear “cuadros vivos” como todos los llaman en el sitio. Plantas de Colombia, La India, Cuba, Jamaica, Martinica. Brasil, Italia, Costa Rica fueron traídas al lugar para comenzar la composición.
En la actualidad los visitantes pueden hacer el recorrido de unos cuatro kilómetros caminándolo, en carretas tiradas por caballos o en electro móvil. Los guías siempre amables y sonrientes van contando las historias y mitos del parque, y señalando los diferentes tipos de plantas que se van encontrando en el camino, pues hay más de diez millones de plantas trabajadas.
“La que ven allí es una heliconia, esta otra es una bromelia, aquí hay un tipo de orquídeas y  estas son gingers, comenta la simpática guía”. Los monos araguatos van haciendo también su labor de gritar a cada paso de los turistas. Y en un poco más una hora se completa el paseo que deja un sabor a reencuentro con la tierra.








La Misión y su Encanto
“Cuando removían tierra y daban forma al parque se encontraron los restos de lo que fue la misión”, explica Julio. De allí  nace la idea de darle forma a una casa que asemejara esa estructura. De arquitectura colonial la vivienda principal cuenta con una capilla, una tienda de artesanías, un museo con piezas de la época donde tienen hasta una réplica de la espada de Cristóbal Colón, dice Julio que la más exacta que se ha conocido, y tres restaurantes con diferentes tipos de comidas para complacer paladares. Los fines de semana un grupo musical ameniza las tardes en lo que pareciera un patio de secado. Este se encuentra lleno de guacamayas que se dejan fotografiar junto a los visitantes que desean llevarse el recuerdo.
Piezas como la campana de la capilla y el mismo piso de la pequeña iglesia son originales del siglo XVIII.





El Hotel: Para Desconectarse
La última construcción que se hizo para este complejo fue la del hotel, ochenta y un habitaciones donde el lujo es la materia imperante. De esta forma la gente ya no tendría que irse de este paraíso tropical al finalizar la tarde, sino que también contaría con la opción de quedarse para disfrutarlo durante todo un fin de semana. Julio Parra afirma que las épocas de mayor afluencia de temporadista son las de Carnaval y Semana Santa, pero que sin embargo, casi siempre están a casa llena con huéspedes que vienen de diferentes zonas de Venezuela y hasta fuera de las latitudes del país, atraídos en principio por la experiencia de conocer las diferentes especies que se pueden apreciar en el bosque. Pero además por la oferta que muestra este sistema de alojamiento engalanada por su piscina, la comodidad de sus espacios y su spa que pone la guinda sobre el pastel de relajación que el citadino busca.




La Vista Desde Arriba es Fantástica
Por si fuera poco el parque no sólo se puede ver desde abajo sino que desde hace algunos años la aventura se puede disfrutar desde las alturas. Para esto fue incorporada la actividad de arborismo donde los más arriesgados suben a una plataforma de veinticinco metros y desde allí comienza el descenso por cuatro estaciones más donde se pueden observar los centenarios árboles que componen este bosque. Si se corre con suerte uno que otro pájaro carpintero se dejará ver en el recorrido. La guiatura está a cargo de jóvenes estudiantes de la zona de San Felipe y sus alrededores que han sido entrenados durante años para entretener con sus piruetas pero principalmente para ofrecer seguridad a las personas que deciden deslizarse sobre las copas de los árboles para ver desde otro punto de vista uno de los parques más bonitos con los que cuenta Venezuela.
-          ¿El lugar se cierra algún día?
-         ¡ Nooooo! dice Julio enfático, " aquí abrimos de lunes a lunes para que cualquier día de la semana el turista pueda disfrutar del paraíso".




COORDENADAS
Horarios: Lunes a Domingo de 8:00 AM a 5:00 PM
Contactos: (58)254-6000000 / 414-9542982 mercadeo.ventas@hotellantiguamision.com



lunes, 29 de julio de 2013

PUERTO LA CRUZ VISTA POR LOS TOMATES FRITOS


 La capital del municipio Sotillo del Estado Anzoátegui, forma junto a Guanta, Lecherías y Barcelona  un eje que hace de estos sectores el área metropolitana de mayor tamaño del oriente de Venezuela. Quienes vivimos en Caracas la encontramos cercana y para muchos es un refugio de fin de semana, pero confieso que este no es uno de esos destinos a los que voy constantemente o en los que pienso cuando quiero viajar. Así que entrevistando a la agrupación musical  Los Tomates Fritos, se me ocurrió preguntarles por su natal Puerto La Cruz e irme de nuevo a reconocerla, me encontré con otro sitio y nuevas personas que me hicieron verla diferente.

* “Voy a salir disparado como un hombre bala
Iré hacia ti, no hay montañas que puedan pararme
Sonreiré cuando vea las luces el Puerto
No temblaré, sé muy bien no dudaste en hacerlo”.



Boston Rex (Reinaldo Goitia),  cantante de la agrupación Tomates Fritos (http://tomatesfritos.bandcamp.com/) afirma, que sí, que en efecto ha escrito canciones inspiradas en su ciudad natal, o que por  lo menos tienen visos de la misma. Explica que esa sensación de estar llegando a casa que siente cuando regresa de una gira y comienza a ver las luces de su ciudad le hace enamorarse de forma cursi de su tierra.
Para quienes no la conozcan, Puerto La Cruz es la llamada puerta de entrada al oriente Venezolano, es una urbe de amplias vías, un clima bastante cálido, con el mar como paisaje decorativo, llena de alegría o como muchos la catalogan, lugar de rumbas.
La ciudad cuenta con un convulsionado centro, y un más convulsionado malecón a lo largo de la orilla de la playa. En un extremo del llamado Paseo Colón salen las lanchas hacia las diferentes islas que conforman el  del Parque Nacional Mochima. Agrupados en cooperativa,  los lancheros estandarizaron el servicio y por 50 bolívares trasladan hasta Puinare, El Saco y El Faro a los turistas en horas de la mañana, y los  devuelven a tierra firme cerca de los cuatro de la tarde. Los bañistas van ataviados con grandes bolsos, toallas y mucho bloqueador. Porque esa es otra de las condiciones que hacen especial  el lugar según Boston Rex: “Puerto La Cruz no es una ciudad gris, deprimida, no lo es. Aquí casi siempre está soleado, hay poca lluvia. Eso hace que la música que la defina no sea depre, tampoco eufórica, más bien nostálgica, va con el día y su clima”.  Por ello no vacila en decir que un soundtrack que describa  la ciudad incluiría desde canciones de Def Leppard hasta regueton, pero sin duda el estilo que mejor la definiría para  él sería el del cantante Johnny Cash que paseaba su música entre el rock and roll y el country y dejaba ese sabor a melancolía en sus letras y que según Goitia combina tan bien con los espacios de este poblado.

Pero volviendo al Paseo Colón, quizás los turistas no encuentren por ningún lado la cercanía con “El Hombre de Negro”, más bien se sientan identificados con el puro sabor de alegría del venezolano. Esta larga avenida que tiene unas diez cuadras flanqueadas por hoteles, está llena de kioscos de artesanía, comidas rápidas y algunas tiendas. También hay restaurantes para casi todos los gustos. Platos colombianos, italianos, árabes o criollos se ofrecen en ambientes bastante agradables y con buena atención. En los últimos meses la Dirección de Turismo del Municipio Sotillo ha tratado de darle un aire un poco más cultural al espacio.  Por eso en las inmediaciones del Paseo Colón se realizan ahora presentaciones de bailes típicos de la zona, y sesiones de bailoterapia, para que la gente se identifique con las tradiciones o haga deportes, según sea el caso.


**“Llevo tres días de fiesta
El domingo aquí es el día
Mañana hay que trabajar
Como que voy a  faltar”.

**Letra del tema EL Andino / Disco Hombre Bala

“El calor y la playa crean otro tipo de personalidad” asegura Rex como excusando el carácter relajado de los porteños. Los integrantes de la agrupación Tomates Fritos, insisten en que la alegría de su pueblo es uno de los factores a promocionar, y aunque en sus letras a veces hayan hecho burla de la actitud que cataloga a los orientales de perezosos, dicen que la situación no es tan literal, que el Puerto cuenta con un interesante movimiento cultural y comercial.
“Mis tres lugares favoritos aquí son Playa Lido (lugar que ya no está ubicado en Puerto La Cruz sino en Lechería) porque se ven los atardeceres más hermosos del país,  y mira que he visto atardeceres; Playa Muerta (también en Lecherías) que es una costa de unos 200 metros de arena oscura y agua turbia, pero que es donde conecta las aguas del río Neverí con el mar y hacen de este un espacio apacible, y el Morro para tener una visual de todo”.  Recomienda Rex. 


Por cierto, que para conocer Mochima por el lado de Lechería lo mejor es buscar a Enzo Traettino, un italiano que llegó hace 20 años a este país. Vive en una bella casa en los canales y desde allí, el Hotel Aqua Vi (http://www.aquavisuites.com.ve/) o el centro comercial Plaza Mayor hace recorridos de todo un día que van por la isla del Faro, la ruta de los delfines, la Piscina y Arapo. El costo del viaje incluye el almuerzo, refrigerios y bebidas no alcohólicas. Además de la atención esmerada de su personal.



Replica casi al final Boston que el estadio de fútbol José Antonio Anzoátegui también forma parte de la cultura de su Puerto la Cruz, y que lo incluiría en una guía de visitas a realizar por la ciudad.Para el músico , a pesar de sus sinsabores, Puerto La Cruz es una de las ciudades más bonitas de Venezuela, es tranquila, nada queda lejos, su gente no vive estresada   y tienen como regalo del cielo un mar que admirar todos los días.






SI PLANEA IR A PUERTO LA CRUZ

DONDE ALOJARSE
-          Hotel Venetur Puerto La Cruz
Av. Prolong. Paseo Colón. Edificio Gran Hotel
(58)281-5003646
-          Hotel Cristina Suites
Ave. Principal con calle Maneiro
(58)281-5007700

PARA HACER PASEOS POR MOCHIMA
-          Catamarán San Salvador
Lecherías / Estado Anzoátegui
(58)281-2652310 / 414-8161966

 Texto: Erika Paz
Fotos: Raymar Velásquez






viernes, 26 de julio de 2013

HISTORIAS DE LA TIERRA


 MÉRIDA EN UN DÍA

Desde que emprendí esto de viajar como forma de vida, he tenido diversidad y cantidad de personas como compañeros de viaje. Comencé con un equipo mínimo en RCTV, un camarógrafo un asistente y yo, hacíamos micros de forma tímida por algunos lugares de Venezuela, los más cercanos  a Caracas por aquello de no ausentarnos mucho tiempo y estar siempre puntual para regresar a narrar el noticiero  matutino. Éramos aprendices en producir  seriados de turismo y a veces parecíamos los tres chiflados al momento de grabar. Cuando me dieron la oportunidad de hacer el programa el grupo se hizo  más grande y como ya contaba con la aceptación del público las dádivas aumentaban. Al final de mis días de creación de l espacio Pueblo Adentro viajaba con lo que llaman el “dream team”, productor que estuviera pendiente de los detalles, sonidista para que el audio quedara limpio, luminito que montaba a través de un cablerío unas cuantas luces que hacían ver todo más bonito y un camarógrafo que tenía la experiencia de las novelas y eso ayudaba mucho. Esa modalidad de equipo me acompañó cuando comencé a hacer Tierra de Futuro en Canal I, con la diferencia de que no rotaba el personal, por lo que hubo mayor compenetración.  Hoy en día he vuelto a los orígenes y cuando no hago televisión viajamos mi socio y yo por todas partes. Es bueno y malo. Entre los dos hacemos todo y tenemos que ayudarnos si o sí.  De todas estas personas queridas con las que he recorrido carreteras, esperado en aeropuertos, discutido por un encuadre, reído por un chiste o llorado con una historia, he descubierto que el equipo soñado lo tengo cuando trabajo con mis hijos. Aunque a veces griten, pelen entre ellos, se quejen de cansancio o me hagan apenar ante un entrevistado, sólo voltear la mirada para buscarlos y encontrar su sonrisa me hace la mujer más feliz del mundo.  

A Mérida llevamos a Jessika de 14 años, Carlos de 13 y Paola de 6 a recorrer los parques temáticos de Alexis Montilla (Los Aleros, La Venezuela de Antier y La Montaña de los Sueños), todo en el mismo día. Salimos de casa de mi mamá en Valera con el recuerdo en mi cabeza de los fines de semana en que mi papá nos llevaba a estas montañas a turistear. Lo más problemático de salir con mis hijos es levantarlos y turnarlos para el baño.  Ninguno quiere ir primero. Mi papá que es un colombiano de esos desbocado en atenciones, se levantó  en la madrugada y preparó café, arepas con queso, huevos y todo cuanto pudiera llenar el estómago porque su manera de querer  la expresa en la cantidad de comida que sirve en el plato. Pese a su deseo de querer satisfacer nuestro apetito, tuve que rechazar la invitación porque “conozco  mi ganado” y ya diré más adelante por qué. Así con la barriguita vacía, el sol peleando con la luna por un puesto en el cielo y el sueño aun en los párpados comenzamos el ascenso. La ruta escogida fue la de La Puerta, para esto atravesamos la avenida Bolívar (casi la única que hay en Valera) y seguimos en línea recta hasta este poblado que es como el Junquito de los Valeranos. Un desvío y alguna que otra señalización nos indicaba seguir hacia Timotes; al dejar atrás la zona poblada, la montaña comienza abrirse ante los ojos del conductor y la vía se convierte en una serpiente negra que envuelve esas elevaciones. El ganado que conocía no tardó en manifestarse y mi chiquita consentida (en realidad no se a quien más consiento) expresó su malestar. Cuando alguien dice que quiere vomitar en un carro siempre  se activa una alarma de pánico que hace que casi todos los ocupantes del vehículo griten y el conductor se desconcentre. En mi caso, mujer al fin y al cabo, después de preocuparme por el escándalo y regañar a los presentes en él,  me hago a orilla de carretera y permito que Pao saque de si lo poco que tiene en el estómago. Se escucha el “qué asco”, “creo que yo también voy a vomitar”, meras alharacas. Con uno que vomite es suficiente, finalizó el tema.
Culminado este episodio ya podíamos buscar comida y así comenzamos a pasar por casitas esporádicas en la cordillera que tenían cerradas sus puertas. Como es posible que no haya un local abierto, al parecer nuestro entorno social y económico ha dejado su estela de desolación por lugares que ya no trabajan los domingos. Debo acotar que casi siempre quien maneja soy yo. A mi socio, compañero, fotógrafo y algo más no le apasiona el tema de conducir y como yo tengo complejo de camionero, pues caso resuelto. Creo que es una forma de sentirme como mi papi que durante toda su vida trabajó como vendedor viajero para mantenernos y de esa forma pagó colegios, universidades, ropa y alguno que otro caprichito.
Ya en el páramo una estructura de hielo llamó nuestra atención, lo mejor era que el punto indicaba también comida. Los niños se bajaron fascinados del carro, yo corrí a ponerles guantes y cerrar sus abrigos para no tener que pagar después las consecuencias. Se metieron debajo de lo que ellos bautizaron como “casita de hielo” y la tocaron, se tomaron fotos y hasta partieron trozos para masticar. Que bonito ver un poco de agua congelada puede causar tanto asombro y felicidad en los rostros infantiles.



La comida supo a gloria, no sé si por el hambre o porque se trataba de los sabores vivos del páramo. En platos de peltre nos sirvieron arepas de harina de trigo con queso rallado, huevos fritos y nata. Un chocolatico caliente fue el complemento perfecto en esta casita de tejas y paredes heladas, el postre, los dos menores se regaron las chaquetas y yo tuve que meter la mano en el agua casi congelada que salía de un lavamanos para limpiarlos.
Seguimos el camino y paramos en el Pico El Águila, la popular foto había que hacerla. Este es el punto más alto de la carretera y a 4.118 metros de altura el trayecto del carro hacía el monumento para hacer la gráfica parece la subida del Cerro El Ávila  por Sabas Nieves para aquellos que nunca hacemos ejercicios. Sientes que te falta el aire y por un  momento te mareas, después todo es lindo.


Lo que viene luego se llama Apartaderos, San Isidro y asfalto parejo hasta llegar a Muchuchíes. A la típica escena de “cuanto falta” le dicen acción. Por fin vemos los avisos que anuncian la cercanía de Los Aleros (http://www.losaleros.net/), la temperatura ya ha subido un poco, el frío se queda atrás con el páramo y los frailejones y todos nos animamos. La bienvenida fue muy cordial como todo en los merideños. Aquí nos atendió un sobrino de Alexis Montilla, para contactarlo desde Caracas yo hablé con una de sus hijas. Después nos daríamos cuenta que pese a la magnitud de los parques este es un negocio familiar.
El recorrido comenzó con el sello del pasaporte, mientras yo entrevisto, Jessika presta atención para aprender, Carlos ayuda con el trípode y Paola corre, ese es su estado natural. Mientras hicimos la caminata por el pueblito que diseñó este ingenioso merideño nos asustaron,  la chiquita casi llora y los mayores se burlaron, pasamos por un puente de madera colgante, nos lanzamos por un tobogán de cemento, perseguimos unas ovejas y mis hijos ganaron 30 bolívares en la ruleta del conejo. Con la recompensa obtenida cada uno compró dulces típicos.


El siguiente centro temático queda a una distancia considerable del primero. Hay que atravesar la ciudad de Mérida y eso fue lo que los niños vieron rápidamente a través del vidrió del carro. Cinco kilómetros después de tomar la vía hacia Jají  aparece la entrada con un buen número de taquillas y un gran muro, esto parecía augurar más diversión. Aquí el propio Alexis Montilla nos esperaba. Después de una bienvenida en un paredón que simulaba las celdas de un castillo margariteño un hombre que no demuestra que está llegando al piso setenta arribó en un vehículo rústico descapotado. Todos subimos y comenzamos a hacer un tour de dos horas en un espacio que se recorrer en todo un día. Visitamos la representación de Yare con sus diablos, Zulia y sus indígenas, pasamos por Amazonas y la plaza de toros de Maracay, pero Montilla quería que sintiéramos el modelo que está haciendo de Yaracuy, allí nos detuvimos. En este espacio se construyó una posada y un parque agro turístico que devela la gran cantidad de hectáreas que forman parte de La Venezuela de Antier (http://www.lavenezueladeantier.net/). Allí los niños pudieron dar de beber leche a un ternero y se pelearon por ir en la “ventanilla” de un carro descapotado, así son ellos. En Táchira Alexis nos dejó descansar un rato y  nos pidió que lo paseáramos. Así mi socio pudo hacer bellas imágenes de una de las zonas más bonitas de este sitio. Después de pasear por el parque y la vida de mi entrevistado, le dijimos cuanto lamentábamos no poder ir al siguiente sitio por la falta de tiempo, pero como buen vendedor de su producto él insistió y dijo que no podíamos perdernos el espectáculo. El problema es que los niños no habían almorzado y ya eran casi las cuatro de la tarde, por lo que retornamos nuevamente a la ciudad y nos metimos en el primer centro comercial que se nos topó en el camino, bueno realmente lo que sucedió es que nos perdimos y caímos allí. Pasta, sushi y pollo fue nuestro almuerzo cena (cuando mi mamá lea esto me va a regañar) y seguimos.


A La Montaña de los Sueños (http://www.montanadelossuenos.com/) llegamos un poco más allá de las seis de la tarde, son unos cuarenta minutos de trayecto desde la ciudad por  la vía que lleva a la población del El Vigía. En Chiguará Alexis Montilla dio vida a la última de sus creaciones. Tenía razón al decir que la mejor visita aquí se hace en la noche porque todo está lleno de luces y colores brillantes. En estas instalaciones nos dejaron andar libres, así que fue como una fiesta para todos. Corrimos hacia una rueda de la fortuna, Paola pudo disfrutar varias veces del carrusel, Carlitos de la  exposición de autos antiguos, Ray de ver una exposición dedicada al fútbol de este país y Jessika pensó en unirse a un karaoke que se hace en el último piso de uno de los edificios que conforman el parque. Salimos de allí agotados y con dos tarjetas de memoria de la cámara a reventar. La pregunta ahora era ¿qué hacer? Si nos devolvíamos a Mérida era casi una hora de camino y luego buscar un hotel, si seguíamos hasta el Vigía para encontrar hospedaje al día siguiente nos levantaríamos tarde y el itinerario de vuelta a Caracas se atrasaría. Así que decidimos “si vamos a levantarnos tarde que sea en la casa de los abuelos”.





De esta forma atravesamos los túneles que llevan a El Vigía, pasamos por un ladito esa ciudad con aire de pueblito, intuimos estar transitando la Panamericana hasta que respiramos hondo porque llegamos a Betijoque, pasamos por Isnotú , su oscuridad y su soledad, y finalmente vimos los luces de Valera ya casi a la una de la mañana. Digo vimos, mi copiloto y yo, porque los niños al cruzar el último corredor cerraron sus ojos y se enmarañaron entre ellos para buscar cobijo los unos con los otros. En todo el viaje disfruté a través de sus rostros y cuando manejaba de vez en cuando veía por el retrovisor y daba gracias. Nunca me cansaré de dar gracias al cielo  por haberme permitido parirlos, por cada momento que la vida me regala a su lado, por cada vez que sonríen y hasta cuando pelean o se portan mal, pero sobre todo por cada vez que me dicen “mamá te quiero”. Definitivamente ellos son mi equipo soñado.